12 cosas que cambiaron para siempre la manera de viajar después del 11-S

Hay fechas que cambian la historia y hay otras que, además, cambian nuestra vida cotidiana. El 11 de septiembre de 2001 pertenece a las dos categorías.

Para quienes viajamos, quizá el cambio más evidente no estuvo en las noticias ni en los discursos políticos, sino en algo mucho más cotidiano: la manera de preparar un viaje comenzó a ser diferente.

Antes del 11-S, tomar un avión implicaba llegar al aeropuerto, documentar el equipaje, pasar un control de seguridad relativamente sencillo y dirigirse a la puerta de embarque. Podíamos despedir a nuestros familiares mucho más cerca del avión, llevar en el equipaje de mano objetos que hoy están prohibidos y, en muchos casos, viajar sin pensar demasiado en cuestiones como terrorismo, listas de vigilancia o protocolos de emergencia.

Después de aquel martes de septiembre, la seguridad comenzó a ocupar un lugar central en la industria turística.

No todo lo que cambió ocurrió inmediatamente ni todo fue consecuencia exclusiva de los atentados. Algunas medidas aparecieron años después como respuesta a nuevas amenazas. Pero el 11-S marcó un antes y un después en la cultura mundial de los viajes.

Estas son 12 transformaciones que probablemente muchos viajeros actuales ya damos por normales.

1. Las visas estadounidenses se volvieron un trámite mucho más delicado

Para millones de viajeros, obtener una visa para Estados Unidos comenzó a sentirse diferente.

Después del 11-S aumentó el escrutinio sobre quienes pretendían ingresar al país. Las entrevistas, verificaciones de antecedentes, controles de seguridad y recopilación de información adquirieron una importancia mucho mayor.

La visa dejó de percibirse únicamente como un documento que demostraba que un extranjero podía visitar Estados Unidos. Se convirtió también en una herramienta para determinar quién podía entrar al país y quién representaba potencialmente un riesgo.

Para el viajero, esto significó más preguntas, más verificaciones y una mayor sensación de que cada viaje internacional implicaba pasar por un filtro de seguridad.

Además, Estados Unidos impulsó posteriormente sistemas electrónicos de autorización previa para determinados viajeros, como el ESTA, que permiten realizar verificaciones antes de que el pasajero llegue físicamente al país.

2. Aumentó la gente que prefirió viajar por carretera

Uno de los efectos más curiosos de los atentados fue que, durante un tiempo, algunos viajeros estadounidenses decidieron evitar los aviones y optaron por el automóvil, los autobuses o el tren.

El fenómeno tuvo sentido desde una perspectiva psicológica: después de ver aviones utilizados como armas, para algunas personas el automóvil parecía ofrecer una sensación de mayor control.

Las carreteras adquirieron así un protagonismo adicional, especialmente para desplazamientos que podían realizarse en unas cuantas horas. El viejo road trip, que ya formaba parte de la cultura estadounidense, volvió a aparecer como una alternativa atractiva frente al avión.

No significa que los estadounidenses abandonaran la aviación. El transporte aéreo se recuperó y continuó creciendo. Pero durante los meses posteriores al 11-S quedó demostrado que una crisis de seguridad podía cambiar incluso la manera en que elegimos nuestro medio de transporte.

3. Los aeropuertos se convirtieron en espacios de alta seguridad

Probablemente este sea el cambio que todos los viajeros podemos reconocer.

Antes de 2001, los controles de seguridad existían, pero la experiencia era mucho menos intensa que la actual. Después del 11-S, el aeropuerto comenzó a transformarse en un espacio en el que prácticamente cada movimiento del pasajero podía estar sujeto a algún tipo de control.

En Estados Unidos se creó la Transportation Security Administration, conocida como TSA, que asumió la responsabilidad de buena parte de la seguridad de la aviación civil.

A partir de entonces se multiplicaron los controles, las revisiones de equipaje, las restricciones de acceso y los procedimientos de identificación.

El aeropuerto dejó de ser simplemente el lugar donde tomamos un avión y se convirtió también en la primera gran barrera de seguridad del viaje.

4. Aparecieron nuevas restricciones para lo que llevamos en el avión

Aquí encontramos uno de los cambios más tangibles para cualquier viajero.

Aunque la famosa restricción de los líquidos no apareció inmediatamente después del 11-S —fue introducida en 2006 después de que las autoridades británicas descubrieran un complot con explosivos líquidos—, pertenece claramente a la nueva era de seguridad aeroportuaria que se desarrolló después de 2001.

De pronto comenzaron a importar cosas que antes prácticamente nadie consideraba importantes.

¿Cuánto líquido llevas? ¿En qué recipiente? ¿Puedes llevar aerosol? ¿Puedes llevar esa herramienta? ¿Qué contiene ese frasco?

La famosa regla de los 100 mililitros terminó convirtiéndose en parte del vocabulario universal del viajero.

Y así nació una escena que hoy parece completamente normal: llegar al filtro de seguridad, sacar una bolsa transparente con pequeños frascos y preguntarnos si el shampoo que llevamos cumple con las reglas.

5. La seguridad comenzó a influir en quién podía estar al mando de un avión

Los pilotos siempre habían estado sujetos a requisitos profesionales, licencias, entrenamiento y controles médicos. Pero después del 11-S adquirieron una importancia mucho mayor las cuestiones relacionadas con identidad, antecedentes, acceso a la cabina y seguridad de las tripulaciones.

También surgieron en distintos países debates y medidas relacionadas con la nacionalidad y las condiciones que debían cumplir los pilotos que operaban determinadas aeronaves o rutas.

Aquí conviene hacer una precisión: no existe una regla mundial que obligue a todos los pilotos a tener la nacionalidad del país donde vuelan. Los requisitos dependen de cada legislación y de las autorizaciones correspondientes.

Lo que sí cambió fue la percepción de que el piloto y la tripulación no solamente debían ser profesionales capaces de operar un avión, sino también personas cuya identidad y confiabilidad debían ser cuidadosamente verificadas.

La cabina de pilotos pasó a considerarse un espacio crítico de seguridad.

6. Los hoteles comenzaron a prepararse para amenazas que antes parecían improbables

El 11-S también cambió la conversación dentro de la hotelería.

Los hoteles ya contaban con procedimientos para incendios, terremotos, huracanes, accidentes, robos y emergencias médicas. Pero después de 2001 cobró mayor importancia la posibilidad de enfrentar amenazas deliberadas contra un establecimiento.

Amenazas de bomba, paquetes sospechosos, accesos no autorizados, evacuaciones por motivos de seguridad o situaciones con personas potencialmente peligrosas comenzaron a formar parte de los escenarios considerados por algunos establecimientos.

En los grandes hoteles internacionales, centros de convenciones y propiedades ubicadas en ciudades consideradas objetivos potenciales, la seguridad dejó de ser una función secundaria.

El huésped quizá no lo percibe, pero detrás de una recepción aparentemente tranquila puede existir todo un protocolo para determinar qué hacer cuando algo no parece normal.

7. Aumentaron los prejuicios hacia personas de Medio Oriente y musulmanas

Este es probablemente uno de los cambios sociales más lamentables relacionados con el nuevo escenario posterior al 11-S.

Los atentados provocaron un aumento de la sospecha y la discriminación hacia personas árabes, musulmanas o simplemente percibidas como provenientes de Medio Oriente.

Y los aeropuertos se convirtieron en uno de los lugares donde este fenómeno resultó particularmente visible.

El nombre de una persona, su apariencia, su nacionalidad, su vestimenta o su origen podían provocar controles adicionales o sospechas.

El llamado perfilamiento racial o étnico se convirtió en una discusión recurrente alrededor de la seguridad aeroportuaria.

Esto tuvo una consecuencia que va más allá de la industria turística: para muchas personas, viajar dejó de significar exactamente lo mismo. Un aeropuerto que para algunos representaba simplemente el comienzo de unas vacaciones podía convertirse para otros en un lugar donde se sentían observados o señalados por su origen.

8. Hacer las maletas fue diferente

Quizá nadie pensó que una tragedia ocurrida al otro lado del mundo terminaría modificando algo tan cotidiano como hacer una maleta. Pero ocurrió.

El viajero comenzó a preguntarse qué podía llevar en el equipaje de mano, qué debía documentar y qué era mejor dejar en casa.

Objetos de uso cotidiano comenzaron a ser revisados con otros ojos. Navajas, herramientas, aerosoles, líquidos y determinados artículos personales pasaron a estar sujetos a restricciones.

Con el tiempo llegaron las bolsas transparentes para líquidos, los pequeños recipientes de viaje y toda una nueva lógica para preparar el equipaje.

Antes pensábamos: “¿Qué necesito llevar?”

Después comenzamos a pensar: “¿Qué me van a dejar llevar?”

Y esa pequeña diferencia resume bastante bien cómo cambió la experiencia de viajar.

9. La capacitación de los trabajadores turísticos adquirió nuevos estándares de seguridad

El empleado turístico comenzó a desempeñar un papel que anteriormente no siempre estaba contemplado con la misma intensidad: ser también un observador de seguridad.

Recepcionistas, agentes aeroportuarios, sobrecargos, personal de seguridad, trabajadores de restaurantes, operadores turísticos y otros empleados comenzaron a recibir capacitación relacionada con la identificación de comportamientos sospechosos, objetos abandonados, amenazas y procedimientos de emergencia.

La capacitación dejó de concentrarse únicamente en:

“¿Cómo atendemos al cliente?”

y empezó a incorporar también:

“¿Qué hacemos si algo no está bien?”

En determinados establecimientos, el trabajador podía convertirse en la primera persona capaz de detectar una situación anormal.

La seguridad pasó, de esta manera, a formar parte de la cultura de servicio.

10. Los criterios de contratación incorporaron más verificaciones

La seguridad también llegó a los departamentos de Recursos Humanos.

Los llamados background checks, verificaciones de identidad y antecedentes, adquirieron mayor importancia en puestos relacionados con aeropuertos, instalaciones restringidas, aviación y determinadas posiciones de seguridad.

No es que antes las empresas nunca investigaran a sus empleados. La diferencia estuvo en la dimensión que adquirió el concepto de “empleado confiable” dentro de determinadas actividades turísticas.

Para trabajar en ciertos lugares ya no bastaba con tener experiencia, buena presentación y referencias laborales.

También podía ser necesario demostrar que se cumplían determinados requisitos de seguridad.

El turismo comenzó a incorporar una idea que hoy parece obvia: quien tiene acceso a determinadas áreas también forma parte del sistema de seguridad.

11. El viajero comenzó a entregar mucha más información personal

Éste es uno de los cambios menos visibles, pero quizá uno de los más importantes.

Antes, viajar internacionalmente significaba principalmente tener un pasaporte, comprar un boleto y presentarse en el aeropuerto.

Después, los gobiernos comenzaron a desarrollar sistemas capaces de recopilar y cruzar mucha más información sobre los pasajeros.

Datos del pasaporte, itinerarios, información migratoria, antecedentes y posteriormente datos biométricos comenzaron a formar parte de los sistemas utilizados para determinar quién puede viajar y quién puede ingresar a determinado país.

El viajero comenzó a dejar una huella digital mucho más grande.

Hoy, antes de abordar un avión, nuestros datos ya pueden haber pasado por diferentes sistemas de seguridad y migración.

Y el desarrollo posterior de los pasaportes electrónicos, lectores biométricos y reconocimiento facial llevó este proceso todavía más lejos.

12. La gestión de crisis se convirtió en parte fundamental del turismo

Quizá éste sea el cambio empresarial más importante.

El 11-S demostró que una crisis podía paralizar simultáneamente aeropuertos, aerolíneas, hoteles, restaurantes, agencias de viajes, operadores turísticos y destinos completos.

Por eso, la industria comenzó a prestar mucha mayor atención a los planes de contingencia y gestión de crisis.

¿Qué hacemos si se cierra un aeropuerto?

¿Qué ocurre si una amenaza obliga a evacuar el hotel?

¿Cómo localizamos a nuestros huéspedes?

¿Cómo comunicamos una emergencia?

¿Cómo mantenemos funcionando una operación turística?

¿Cómo regresamos a los viajeros a sus lugares de origen?

Estas preguntas adquirieron una importancia que posteriormente sería útil para enfrentar otros acontecimientos globales: huracanes, terremotos, epidemias, cierres de fronteras, conflictos internacionales y, finalmente, la pandemia de COVID-19.

El 11-S enseñó a la industria turística una lección que probablemente ya nunca olvidaría:

un destino puede tardar años en construirse, pero una crisis puede cambiarlo en cuestión de horas.

Viajar antes y después del 11-S

Cuando recordamos el 11 de septiembre de 2001 pensamos inmediatamente en Nueva York, Washington, los aviones y las Torres Gemelas.

Pero existe otra historia que se escribió a partir de aquel día: la historia de cómo cambió nuestra manera de viajar.

La fila de seguridad que hoy nos parece normal, la botella de agua que sabemos que no podemos pasar, el pequeño frasco de shampoo, la puerta reforzada de la cabina, los controles migratorios, las verificaciones de antecedentes, las cámaras de seguridad, los protocolos de evacuación y hasta la información que entregamos antes de abordar un avión forman parte de una transformación mucho más amplia.

No todo comenzó exactamente el 11 de septiembre. Algunas medidas aparecieron años después y otras respondieron a nuevos acontecimientos. Pero el 11-S fue el gran punto de inflexión que hizo que la seguridad dejara de ser un asunto invisible del turismo y se convirtiera en parte de la experiencia del viajero.

Quizá ésa sea la mejor manera de medir su impacto.

Ángel Abraham Chávez Barrera

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