A unos pasos de la siempre agitada Calzada de Tlalpan, el parque parece esconderse entre calles residenciales de Coyoacán. Basta cruzar su entrada para que el paisaje cambie por completo: senderos serpenteantes, puentes de madera, agua en movimiento y árboles cuidadosamente distribuidos crean la sensación de haber viajado varios miles de kilómetros hasta Japón sin salir de la Ciudad de México.
Como fotógrafo viajero, lo primero que llamó mi atención fue la forma en que la luz se filtraba entre las ramas. Cada rincón parecía haber sido diseñado para enmarcar una imagen. El reflejo del torii rojo sobre el estanque, las piedras bordeando los caminos y las sombras suaves de los árboles ofrecían composiciones naturales que invitaban a detenerse constantemente para tomar una fotografía más.

Un símbolo de amistad entre México y Japón
La historia del parque es tan interesante como su apariencia. El lugar fue inaugurado en 1942 y durante décadas fue conocido por los vecinos como “El Parque de la Pagoda”, debido a una construcción oriental que se encontraba en su interior. Aquella pagoda desapareció tras un incendio ocurrido durante la década de 1970, pero el espacio conservó su esencia y continuó siendo uno de los secretos mejor guardados del sur de la ciudad.

En 1980, el entonces primer ministro japonés Masayoshi Ōhira realizó la primera visita oficial de un jefe de gobierno japonés a México con el objetivo de fortalecer las relaciones entre ambas naciones. Tras su fallecimiento, ocurrido apenas un mes después de aquella visita, el parque fue remodelado con un diseño más cercano a la tradición japonesa y recibió su nombre en homenaje al mandatario. El famoso torii rojo que hoy domina el estanque forma parte de esa transformación.
Con el paso de los años, el jardín atravesó periodos de abandono hasta que fue restaurado con apoyo de instituciones mexicanas y japonesas, reforzando nuevamente su papel como símbolo de amistad cultural entre ambos países.
Los cinco elementos esenciales de un jardín japonés
Mientras recorría el Parque Masayoshi Ohira con la cámara en mano, resultaba fácil reconocer varios de los elementos tradicionales que distinguen a los jardines japoneses. Cada uno tiene una función estética y simbólica que busca crear un espacio de contemplación y armonía con la naturaleza.
El agua
El agua es el corazón de muchos jardines japoneses. Representa la vida, el paso del tiempo y el movimiento constante de la naturaleza. En el parque, el estanque central atrae inmediatamente la atención de los visitantes y se convierte en uno de los puntos más fotogénicos del lugar. Los reflejos de los árboles y del torii rojo cambian con la luz de la tarde, ofreciendo imágenes distintas a cada momento.

La isla
Tradicionalmente, una isla simboliza un espacio apartado del mundo cotidiano, un lugar de serenidad y reflexión. En el Parque Masayoshi Ohira, la pequeña isla ubicada dentro del estanque ayuda a recrear esa sensación de aislamiento y tranquilidad característica de los jardines japoneses.

El puente
Más que una simple estructura para cruzar el agua, el puente representa un tránsito simbólico entre dos estados: del ruido a la calma, de las preocupaciones diarias a la contemplación. Desde el punto de vista fotográfico, también aporta profundidad y dirige la mirada hacia distintos rincones del jardín.

La linterna de piedra
Las linternas de piedra son uno de los elementos más reconocibles de la jardinería japonesa. Originalmente servían para iluminar los caminos que conducían a los pabellones o casas de té, pero con el tiempo se convirtieron en símbolos de elegancia y equilibrio. Su aspecto envejecido suele integrarse perfectamente con la vegetación y el entorno natural.

La casa de té o pabellón
La ceremonia del té es una de las tradiciones más importantes de Japón, por lo que muchos jardines incorporan un pabellón o casa de té. Estas construcciones están pensadas como espacios para la contemplación y el encuentro con la naturaleza. En el caso del Parque Masayoshi Ohira, las estructuras inspiradas en la arquitectura japonesa ayudan a reforzar la atmósfera de serenidad que distingue al lugar.

Un refugio de tranquilidad en medio de la ciudad
Lo que más me sorprendió aquella tarde no fue la belleza del parque, sino el silencio. A pesar de encontrarse dentro de una de las ciudades más grandes del mundo, el lugar mantiene una atmósfera pausada que invita a sentarse en una banca y simplemente observar.
Mientras tomaba fotografías del reflejo de los árboles sobre el agua, varias personas caminaban despacio por los senderos. Algunas leían, otras conversaban en voz baja y unas cuantas simplemente contemplaban el paisaje. Esa sensación de calma parece ser una de las características más apreciadas por quienes visitan el parque.
Quizá por eso el Masayoshi Ohira sigue siendo uno de esos rincones especiales que muchos capitalinos guardan como secreto. No es el parque más grande de la ciudad ni el más famoso, pero posee algo difícil de encontrar en una metrópoli: la capacidad de hacer que el tiempo transcurra más despacio.
Al final de la tarde guardé la cámara con varias imágenes interesantes, pero también con la sensación de haber viajado por unas horas a otro país. Y tal vez ahí radica el encanto del Parque Masayoshi Ohira: en demostrar que a veces no hace falta recorrer miles de kilómetros para descubrir un lugar capaz de transportarnos muy lejos.




- Una tarde en el Parque Masayoshi Ohira - 6 junio, 2026
- Fotografiando Cholula - 29 mayo, 2026
- 7 tipos de compañeros de viaje tóxicos (que pueden arruinar cualquier aventura) - 8 mayo, 2026

