Cuando se habla de arte mural en la Ciudad de México, casi siempre aparecen nombres inevitables como Diego Rivera, José Clemente Orozco o David Alfaro Siqueiros. Sin embargo, al oriente de la capital existe un espacio mucho menos mencionado —y por eso mismo fascinante— donde los muros también narran identidad, resistencia y memoria: el edificio sede de la Alcaldía Iztapalapa, ubicado en el corazón del antiguo pueblo de Iztapalapa.
Miles de personas pasan todos los días frente al inmueble ubicado en Aldama 63, en el Barrio San Lucas, ya sea para realizar trámites, cruzar hacia el mercado o caminar rumbo al centro histórico de la alcaldía. Pero pocos se detienen a observar que, dentro del recinto gubernamental, existe una obra monumental que resume siglos de historia local en una sola mirada.
Se trata del mural “Iztapalapa, ayer, hoy y siempre”, realizado en 2003 bajo la dirección del artista iztapalapense Francisco “Pancho” Cárdenas, una pieza que ha permanecido relativamente discreta pese a su enorme carga simbólica. De acuerdo con información difundida por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, la obra representa la esencia histórica y cultural de Iztapalapa, desde su pasado prehispánico hasta sus luchas contemporáneas.

Un mural que recuerda el origen de Iztapalapa
Antes de convertirse en una de las alcaldías más pobladas del país, Iztapalapa fue un importante asentamiento ligado al mundo lacustre del Valle de México. Su nombre proviene del náhuatl y suele traducirse como “sobre las losas del agua” o “en el agua de las lajas”, una referencia a su geografía antigua.
Ese pasado aparece reflejado en el mural mediante símbolos mexicas, guerreros, templos y referencias al antiguo señorío de Culhuacán-Iztapalapa. Uno de los personajes más importantes retratados es Cuitláhuac, gobernante mexica asociado profundamente con este territorio y recordado por encabezar la resistencia contra los españoles durante la llamada Noche Triste.
Su presencia dentro del mural no es casual: en Iztapalapa, Cuitláhuac sigue siendo una figura profundamente viva en la memoria colectiva. De hecho, una de las principales avenidas de la alcaldía lleva su nombre y su figura aparece constantemente en expresiones artísticas de la zona.

El Fuego Nuevo: el corazón de la obra
Uno de los elementos más poderosos del mural es la representación de la ceremonia del Fuego Nuevo, ritual mexica que se realizaba cada 52 años para marcar el cierre de un ciclo y el inicio de otro. Históricamente, esta ceremonia estaba vinculada al Cerro de la Estrella, uno de los sitios más importantes de Iztapalapa y escenario de uno de los rituales más trascendentes del mundo prehispánico.

El fuego al centro del mural funciona como metáfora de renovación, resistencia y continuidad. Es una forma de decir que Iztapalapa ha sobrevivido a invasiones, transformaciones urbanas, estigmas sociales y crisis históricas sin perder su identidad. Y eso quizá explica por qué esta imagen conecta tanto con los habitantes del lugar.
Más allá de la Pasión de Cristo
Durante décadas, Iztapalapa ha sido conocida internacionalmente por la representación de la Semana Santa en Iztapalapa, considerada Patrimonio Cultural Inmaterial de México y reconocida por su enorme relevancia comunitaria.

Pero reducir a Iztapalapa únicamente a esa tradición sería injusto. En años recientes, la alcaldía ha impulsado una fuerte política cultural enfocada en el muralismo comunitario. Para 2021 ya existían más de 6 mil murales distribuidos en calles, colonias, unidades habitacionales y espacios públicos, transformando a la demarcación en una auténtica galería urbana al aire libre.
El mural dentro del palacio funciona casi como antecedente simbólico de ese movimiento: primero se pintó la memoria dentro del edificio gubernamental y después esa memoria salió a las calles.
Un tesoro que muchos ignoran
Quizá lo más curioso de esta obra es que no está dentro de un museo ni forma parte de los circuitos turísticos tradicionales de la capital, está en un edificio público, en un lugar donde la mayoría entra con prisas para resolver trámites administrativos… Y quizá ahí radica su encanto: mientras afuera circula el caos cotidiano de una de las zonas más intensas de la ciudad, adentro sobrevive una obra que recuerda que Iztapalapa no es solamente noticia roja, tráfico o prejuicios urbanos.

También es historia indígena, es memoria barrial, es arte comunitario y es una de las expresiones culturales más poderosas —y menos conocidas— del oriente de la Ciudad de México.
La próxima vez que visites el centro de Iztapalapa, quizá valga la pena hacer algo muy simple: entrar al edificio… y mirar hacia arriba.
Imagenes: Julieta Ramos Mariano
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