La Santa Hermandad: policía de caminos de la Nueva España

Mucho antes de que existieran patrullas, policías de caminos, cámaras de vigilancia o números de emergencia, viajar por los caminos de la Nueva España podía convertirse en una auténtica aventura. Las rutas que comunicaban ciudades, pueblos, minas, haciendas y puertos atravesaban enormes extensiones despobladas donde un viajero podía encontrarse con comerciantes, arrieros… o con una cuadrilla de salteadores.

Para enfrentar este problema surgió una institución que, aunque tenía sus raíces en la España medieval, terminó formando parte de la historia de la seguridad en el territorio novohispano: la Santa Hermandad.

No era una policía exactamente como la entendemos hoy. Era una institución de vigilancia rural, con funciones de persecución de delincuentes y una jurisdicción particular sobre determinados delitos cometidos en caminos y despoblados. Su historia también revela algo interesante: la seguridad de los viajeros era un problema tan importante en el México virreinal que las autoridades tuvieron que experimentar durante siglos con diferentes formas de policía rural.

De los caminos medievales de España a la Nueva España

La Santa Hermandad no nació en México. Sus antecedentes se encuentran en las hermandades organizadas en los territorios de la Corona de Castilla para combatir el bandolerismo y el robo de ganado. Con el tiempo, estas organizaciones fueron adquiriendo una estructura más formal y quedaron vinculadas a la autoridad de la Corona.

Los Reyes Católicos regularon la institución a finales del siglo XV, convirtiéndola en una herramienta para perseguir determinados delitos que se cometían especialmente en caminos y zonas despobladas. Su experiencia sería trasladada posteriormente a los territorios americanos.

Y aquí aparece un detalle que resulta fascinante: la seguridad de los caminos era un problema que las autoridades españolas consideraban lo suficientemente importante como para llevar este modelo al otro lado del Atlántico.

En la Nueva España, las grandes distancias y la existencia de extensas zonas poco pobladas hacían especialmente difícil controlar los caminos. Los viajes entre ciudades podían durar días o semanas y las caravanas transportaban mercancías de enorme valor.

La Nueva España tampoco era un lugar seguro para viajar

El crecimiento de las rutas comerciales provocó que los caminos se convirtieran en espacios fundamentales para la economía virreinal. Por ellos circulaban personas, ganado, metales preciosos, mercancías, documentos y productos procedentes de distintas regiones.

Pero precisamente por eso eran atractivos para los delincuentes.

Los llamados “delitos de hermandad” estaban relacionados con determinados crímenes cometidos en despoblado, entre ellos los robos y asaltos en los caminos. La Santa Hermandad tenía precisamente la misión de perseguir a quienes cometían este tipo de delitos.

El problema era que perseguir a un bandolero en un camino aislado no era sencillo. Los delincuentes podían aprovechar el conocimiento del terreno, esconderse en zonas despobladas y desaparecer antes de que las autoridades pudieran reaccionar.

La propia geografía novohispana jugaba a favor de los asaltantes.

La creación de la Santa Hermandad novohispana

Durante el siglo XVI comenzaron los intentos de establecer este sistema de vigilancia en la Nueva España. Una disposición de 1543 buscó que los alcaldes ordinarios atendieran los llamados “casos de hermandad”, pero la medida tuvo resultados limitados porque las autoridades locales carecían de la fuerza necesaria para vigilar eficazmente los caminos.

La situación llevó al virrey Luis de Velasco a impulsar una organización más efectiva.

Diversos estudios sitúan en 1554 la creación de la Santa Hermandad novohispana, con la participación de hombres vinculados a la Mesta y bajo una estructura destinada a combatir la delincuencia rural.

En otras palabras, la Nueva España comenzó a tener una especie de policía rural y de caminos, aunque con una estructura muy diferente a la de una corporación policial moderna.

La institución no funcionaba como una policía nacional centralizada. Dependía de autoridades locales, provinciales y de la Real Audiencia, y su organización y financiamiento fueron algunos de sus grandes problemas.

¿Quiénes eran los hombres de la Hermandad?

La Santa Hermandad estaba encabezada por alcaldes de la Hermandad, mientras que los hombres encargados de perseguir a los delincuentes podían organizarse en cuadrillas.

En algunas regiones, estas fuerzas estaban estrechamente relacionadas con propietarios, ganaderos y hacendados, quienes tenían un interés directo en proteger sus propiedades y mercancías. De hecho, estudios sobre la policía rural novohispana señalan que estas organizaciones podían ser financiadas por particulares de cada localidad, aunque permanecían sujetas a la autoridad de la Corona.

Su funcionamiento, por tanto, estaba lejos de ser uniforme.

En algunos lugares podían existir hombres encargados de patrullar determinados caminos; en otros, alcaldes y comisionados tenían que organizar fuerzas para perseguir a los delincuentes cuando aparecía una denuncia.

No imaginemos entonces una fila de patrullas recorriendo las carreteras novohispanas. La realidad era mucho más precaria: caballos, hombres armados, conocimiento del territorio y una autoridad que intentaba llegar antes que los bandoleros.

El problema de siempre: ¿quién pagaba?

Uno de los mayores obstáculos para la Santa Hermandad fue precisamente el dinero.

La Corona quería que los caminos fueran seguros, pero no siempre estaba dispuesta a financiar directamente el costo de mantener una fuerza permanente. Desde sus primeros años en la Nueva España, la institución tuvo dificultades tanto para ejecutar sus sentencias como para conseguir recursos.

El virrey Luis de Velasco buscó que los propietarios de haciendas contribuyeran al mantenimiento de la organización. Durante algunos años la Hermandad consiguió cierto éxito, especialmente en zonas relacionadas con la minería, pero posteriormente comenzó a perder fuerza.

La historia se repetiría una y otra vez: cuando disminuía la vigilancia, aumentaban las quejas por robos y asaltos; cuando se intentaba reorganizarla, aparecían problemas de financiamiento, jurisdicción y coordinación.

Una policía que no siempre podía perseguir a los delincuentes

Aquí encontramos una de las grandes contradicciones de la Santa Hermandad.

Tenía como misión perseguir a los delincuentes rurales, pero no contaba siempre con los recursos necesarios para hacerlo.

Además, sus autoridades estaban sometidas a otras instancias judiciales. La Santa Hermandad no tenía una independencia absoluta y sus actuaciones podían entrar en conflicto con la Real Sala del Crimen de la Audiencia.

Esto generaba una situación bastante complicada.

Imaginemos que una cuadrilla perseguía a un grupo de asaltantes. Podía detenerlos, pero la capacidad para aplicar determinadas penas estaba condicionada por las autoridades superiores. La persecución del delito y la administración de justicia no estaban necesariamente concentradas en las mismas manos.

Para una institución que debía actuar en lugares remotos, aquella burocracia podía convertirse en un enorme problema.

Los guardias de los caminos y el famoso portazgo

La historia de la seguridad de los caminos novohispanos también estuvo relacionada con las llamadas guardias mayores de los caminos.

En determinadas rutas existían hombres encargados de proteger a los viajeros, pero el sistema podía implicar el cobro de contribuciones o derechos de paso. Incluso existen testimonios de viajeros que tuvieron que pagar cantidades por las personas y animales que llevaban consigo a cambio de la protección del camino.

Esto produjo conflictos.

Porque una cosa era cobrar para mantener la seguridad de una ruta y otra muy distinta era que los viajeros terminaran pagando por un servicio que no necesariamente garantizaba que no fueran asaltados.

Durante los siglos XVII y XVIII se produjeron diferentes intentos para reorganizar estos sistemas y hacerlos más eficientes.

Y entonces ocurrió algo que cambiaría para siempre la historia de la seguridad rural novohispana.

Cuando la Santa Hermandad dio paso a la Acordada

A finales del siglo XVII y principios del XVIII, el problema del bandolerismo seguía sin resolverse. La Santa Hermandad había demostrado ser insuficiente. La situación llevó a las autoridades a buscar una institución con mayores facultades para perseguir y castigar a los delincuentes.

El proceso desembocó en la creación y consolidación de la Acordada, una institución que combinó funciones policiales, judiciales y penitenciarias.

Uno de los personajes fundamentales de esta transformación fue Miguel Velázquez de Lorea, provincial de la Santa Hermandad, a quien en 1719 se le concedieron facultades especiales conocidas como la “Acordada”; posteriormente, estas facultades fueron confirmadas por la Corona.

La Acordada representó un cambio importante porque podía actuar con mayor autonomía para perseguir la delincuencia rural.

Su juez podía realizar rondas acompañado por hombres armados, comisarios, cuadrilleros, escribanos e incluso, cuando era necesario, soldados.

La persecución de los delincuentes comenzó así a adquirir una dimensión mucho más organizada.

De la Hermandad a una policía más parecida a la que conocemos

Obviamente, la transición no ocurrió de un día para otro. Durante algún tiempo coexistieron diferentes figuras: la Santa Hermandad, los guardas mayores de los caminos, las justicias ordinarias y las nuevas autoridades vinculadas con la Acordada.

Finalmente, en 1746, el provincial de la Hermandad que también ejercía como juez de la Acordada y guarda mayor de los caminos terminó absorbiendo estas funciones.

La Santa Hermandad, por tanto, no desapareció simplemente porque alguien decidiera sustituirla por una institución completamente diferente. Más bien, su experiencia, sus problemas y sus funciones fueron formando parte de un proceso mucho más amplio de transformación de la seguridad rural en la Nueva España.

¿Era realmente la “policía de caminos” del Virreinato?

Bueno, llamarla “policía de caminos” es una manera muy útil de explicar su función al público actual, aunque históricamente no podemos imaginarla como una policía moderna.

La Santa Hermandad era una institución de vigilancia rural y persecución de determinados delitos, con raíces medievales y una estructura condicionada por las instituciones políticas y judiciales de la Monarquía Hispánica.

Su importancia está precisamente en que representa uno de los antecedentes de los sistemas organizados de seguridad rural que posteriormente aparecerían en México.

La investigación histórica ha señalado, además, que sabemos relativamente poco sobre algunos aspectos concretos de su funcionamiento cotidiano en distintas regiones de la Nueva España. Lo que sí está claro es que alcaldes, comisionados y cuadrilleros participaron en la vigilancia de caminos y parajes despoblados.

Viajar por la Nueva España era también una cuestión de seguridad

Hoy damos por sentado que una carretera debe contar con algún tipo de vigilancia y que, si sucede un delito durante un viaje, podemos recurrir a una institución policial.

En la Nueva España, aquella seguridad era mucho más frágil.

Un viaje podía significar atravesar montañas, bosques, llanuras y regiones prácticamente despobladas. Los arrieros y comerciantes conocían los peligros de determinadas rutas y, cuando era posible, buscaban viajar acompañados.

La existencia de la Santa Hermandad demuestra que la inseguridad en los caminos no era un asunto menor. Era un problema económico, social y político.

Un camino inseguro significaba mercancías robadas, comerciantes que evitaban determinadas rutas, pérdidas económicas y viajeros que podían poner en riesgo su propia vida.

Por eso, detrás de aquella antigua institución había algo mucho más moderno de lo que parece: la necesidad de garantizar que las personas pudieran desplazarse y que las mercancías pudieran circular.

La huella de una institución olvidada

Cuando pensamos en la historia de la policía en México solemos mirar hacia instituciones mucho más recientes. Sin embargo, mucho antes de las policías urbanas y de las corporaciones modernas ya existían hombres encargados de perseguir delincuentes en los espacios rurales.

La Santa Hermandad novohispana fue uno de esos experimentos.

No consiguió acabar con el bandolerismo. Tuvo problemas económicos, conflictos de jurisdicción y dificultades para mantener una vigilancia permanente. Pero su historia es importante porque muestra cómo las autoridades coloniales intentaron responder a un problema que parecía imposible de controlar: hacer seguros los caminos de un territorio enorme.

Y quizá esa sea la mejor manera de imaginar a aquellos antiguos cuadrilleros: hombres a caballo recorriendo caminos polvorientos, entrando en parajes despoblados y siguiendo las huellas de quienes habían asaltado a viajeros y comerciantes.

No llevaban una patrulla moderna ni contaban con radio para pedir refuerzos. Su principal ventaja era conocer el camino.

Y en la Nueva España, conocer el camino podía significar la diferencia entre encontrar a un bandolero… o convertirse en su siguiente víctima.

Para saber más

La historia de la Santa Hermandad forma parte de un proceso mucho más amplio que llevó de las antiguas formas medievales de vigilancia rural a instituciones novohispanas con mayores facultades judiciales. El estudio Antes de la Acordada. La represión de la criminalidad rural en el México colonial (1550-1750), de Patricio Hidalgo Nuchera, es una de las referencias académicas más importantes para comprender este proceso y reconstruye, a partir de documentación del Archivo General de Indias, el fracaso de la Santa Hermandad y la posterior aparición de la Acordada.

Ángel Abraham Chávez Barrera

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