¡No!, James Bond no inventó los desfiles del Día de Muertos

Existe un mito urbano que se repite cada noviembre en medios internacionales, publicaciones de redes sociales y charlas de café: «El desfile de Día de Muertos de la Ciudad de México nació en 2015 porque Hollywood lo inventó para la película Spectre, de James Bond».

Esa frase posee una interpretación bastante reduccionista. La megaproducción cinematográfica del Agente 007, protagonizada por Daniel Craig, imaginó una espectacular procesión de calaveras, catrinas, esqueletos gigantes y figuras monumentales que recorrían las calles del Centro Histórico. Sin embargo, de ahí a afirmar que James Bond inventó los desfiles mexicanos de muertos existe una distancia considerable. Pero, ¿en qué se fundamentó esa idea?

La ocupación festiva de las calles, los recorridos comunitarios, las comparsas, las danzas y las manifestaciones públicas relacionadas con la muerte tienen antecedentes mucho más antiguos que cualquier producción de Hollywood. No todas estas expresiones son iguales ni necesariamente tienen un origen común, pero forman parte de una historia cultural mucho más amplia.

Reducir nuestra relación con la muerte a una ocurrencia cinematográfica es ignorar la historia, la antropología y la capacidad de los pueblos mexicanos para conservar, transformar y recrear sus propias manifestaciones culturales. Así que vale la pena hacer un recorrido histórico para entender qué existía antes de que Daniel Craig se mezclara entre las catrinas y corriera por los tejados del Centro Histórico.

El origen prehispánico: ceremonias públicas, culto a los muertos y celebraciones comunitarias

Para comprender la relación de los pueblos mesoamericanos con la muerte es necesario alejarnos de la idea de que el Día de Muertos siempre se celebró el 1 y 2 de noviembre, tal como lo conocemos actualmente.

Antes de la llegada de los españoles, los pueblos indígenas tenían calendarios rituales propios y distintas ceremonias relacionadas con los ciclos agrícolas, las deidades, los antepasados y los diferentes destinos de las personas fallecidas.

En el caso de los mexicas, el calendario de 18 veintenas contemplaba varias celebraciones relacionadas con los muertos. Entre ellas destacan Miccailhuitontli, conocida como la pequeña fiesta de los muertos, y Huey Miccailhuitl, la gran fiesta de los muertos.

El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), en su investigación sobre el origen del Día de Muertos, explica que estas celebraciones estaban relacionadas con distintos grupos de difuntos y se realizaban en momentos específicos del calendario ritual. También documenta otras ceremonias, como Tepeilhuitl, vinculada con los cerros y las deidades del agua.

Es importante señalar que estas festividades no se realizaban exactamente en las fechas actuales de noviembre. Sus equivalencias con nuestro calendario se sitúan principalmente entre julio y septiembre, dependiendo de las reconstrucciones cronológicas utilizadas. La transformación de las celebraciones indígenas después de la conquista y su convivencia con el calendario católico contribuyeron a configurar las fechas que hoy identificamos como Día de Muertos.

¿Y qué relación tiene todo esto con los desfiles?

La respuesta está en el carácter colectivo de las ceremonias. Los rituales mesoamericanos no eran necesariamente acontecimientos privados ni se limitaban a colocar una ofrenda dentro de una vivienda. Había celebraciones públicas, reuniones comunitarias, danzas, cantos, procesiones y actividades ceremoniales en espacios vinculados con los templos y los centros poblacionales.

El historiador fray Diego Durán, en su obra sobre las costumbres de los antiguos mexicanos, describió las ceremonias dedicadas a los muertos y los rituales que acompañaban determinadas festividades. También existen testimonios de Bernardino de Sahagún que permiten reconstruir la complejidad de las celebraciones religiosas mexicas.

Por supuesto, sería incorrecto asegurar que aquellas ceremonias eran exactamente iguales a los desfiles contemporáneos. No tenemos elementos suficientes para afirmar que existían comparsas de catrinas o caravanas de esqueletos como las que vemos actualmente. Pero sí podemos reconocer algo fundamental: la relación comunitaria y pública con la muerte no comenzó con el cine ni con la industria turística.

Tampoco debemos confundir el Mictlán con el único destino de todos los fallecidos. En la cosmovisión mexica existían diferentes destinos después de la muerte, relacionados con las circunstancias del fallecimiento y no simplemente con una clasificación moral de las personas.

La muerte, por tanto, ocupaba un lugar importante en la organización religiosa, social y simbólica de aquellas sociedades.

De acuerdo con el INAH, las celebraciones indígenas fueron transformándose durante el periodo colonial, cuando las autoridades religiosas buscaron incorporar las prácticas locales al calendario cristiano. El resultado fue un proceso de adaptación cultural que, lejos de borrar completamente las costumbres anteriores, permitió que numerosos elementos sobrevivieran y se transformaran.

El Xantolo de la Huasteca: las comparsas que convierten las calles en escenarios de los muertos

Si alguien todavía considera que las manifestaciones colectivas de Día de Muertos comenzaron con una película británica, sería conveniente invitarlo a conocer la Huasteca mexicana.

En esta región, que comprende territorios de Hidalgo, San Luis Potosí, Veracruz y Tamaulipas, entre otros estados, se celebra el Xantolo, una de las expresiones más representativas de las festividades de muertos en México.

El nombre Xantolo, también conocido como Xantoloj o Sanctorum, tiene una historia relacionada con la adaptación regional de las celebraciones católicas de Todos Santos y Fieles Difuntos. Sin embargo, su desarrollo cultural incorpora elementos indígenas, particularmente de las comunidades nahuas y teenek, que han conservado y recreado sus propias formas de relacionarse con los antepasados.

Una de sus características más llamativas son las comparsas de danzantes enmascarados, que recorren calles, plazas y comunidades durante las festividades. Los participantes utilizan máscaras talladas o elaboradas artesanalmente para representar personajes como ancianos, diablos, animales, calaveras y figuras femeninas. Entre las representaciones más conocidas se encuentran los llamados huehues, palabra náhuatl relacionada con los viejos.

Las comparsas no son simplemente grupos de personas disfrazadas que caminan por las calles. Constituyen expresiones rituales en las que la música, el baile, las máscaras y la representación simbólica permiten establecer una relación entre los vivos y los difuntos. Estos danzantes realizan movimientos que pueden ser festivos, satíricos o incluso burlescos. En determinadas comunidades, las máscaras permiten que los participantes representen personajes que invierten temporalmente las jerarquías sociales y las convenciones cotidianas.

La música tradicional también tiene un papel fundamental. Los sones huastecos y las interpretaciones regionales acompañan las danzas, mientras que las familias preparan altares, alimentos y bebidas para recibir a quienes, de acuerdo con sus creencias, regresan durante estas fechas.

El INAH señala que el Xantolo incluye danzas de personajes enmascarados que representan diablos, calaveras y viejos. También destaca su relación con los ciclos agrícolas, especialmente con la cosecha del maíz y los frutos que se ofrecen a los difuntos.

En este sentido, la celebración no puede entenderse únicamente como una fiesta de disfraces. Es una manifestación biocultural en la que intervienen la memoria, el territorio, la producción agrícola, la organización comunitaria y las creencias religiosas.

¿Acaso esto no es una manifestación de ocupación festiva del espacio público?

Evidentemente, sí. Aunque no se trate de un desfile organizado con un recorrido turístico, una convocatoria institucional o una producción escenográfica como la de Reforma, las comparsas recorren los espacios comunitarios y convierten las calles en escenarios ceremoniales.

Hay que hacer una precisión: no podemos afirmar que las comparsas actuales se hayan mantenido sin modificaciones durante siglos. Las tradiciones populares cambian, incorporan elementos y se adaptan a las circunstancias de cada generación. Su antigüedad no debe confundirse con una inmovilidad histórica.

Lo verdaderamente importante es que el Xantolo demuestra que las danzas, los recorridos y las representaciones públicas de la muerte forman parte de las expresiones culturales mexicanas, independientemente de que Hollywood haya decidido incorporarlas a una película.

Serguéi Eisenstein y ¡Qué Viva México! (1931): la muerte también quedó registrada en el cine

Si necesitamos una referencia cinematográfica que nos permita mirar las manifestaciones culturales mexicanas relacionadas con la muerte mucho antes de James Bond, tenemos que viajar a 1931, cuando el cineasta soviético Serguéi Eisenstein llegó a México para filmar uno de los proyectos más ambiciosos de su carrera: ¡Qué Viva México!.

Eisenstein, reconocido internacionalmente por películas como El acorazado Potemkin, quedó fascinado por la diversidad cultural, los paisajes, las tradiciones y las expresiones populares de nuestro país. Acompañado por el fotógrafo Eduard Tissé y el cineasta Grigori Alexandrov, recorrió distintas regiones mexicanas para registrar imágenes que pretendían construir un retrato cinematográfico de México.

El proyecto nunca llegó a completarse bajo la dirección original de Eisenstein. Problemas económicos, desacuerdos con los productores y circunstancias políticas provocaron que el material filmado quedara sin el montaje definitivo que el cineasta había imaginado.

Sin embargo, parte de esas imágenes sobrevivió y posteriormente se realizaron diferentes versiones de la película.

Uno de sus episodios, conocido como Epílogo, está dedicado a las celebraciones del Día de Muertos. En él se presenta una aproximación visual a la manera en que los mexicanos se relacionaban con sus difuntos, a través de escenas de cementerios, celebraciones y elementos simbólicos asociados con la muerte.

La importancia de este material radica en que constituye un testimonio visual de las prácticas culturales mexicanas de principios del siglo XX. No estamos hablando de una recreación contemporánea ni de una escenografía diseñada para una producción de aventuras: son imágenes filmadas décadas antes de que el personaje de Ian Fleming llegara a las pantallas.

Existe, además, un dato documental interesante. La Lilly Library de la Universidad de Indiana conserva una colección de fotografías y materiales relacionados con el proyecto de Eisenstein, correspondientes a 1930 y 1931. Su catálogo registra imágenes de procesiones, ceremonias y escenas funerarias, además de fotografías del equipo cinematográfico durante sus recorridos por México.

Por su parte, la Videoteca del Centro de Información y Documentación Alberto Beltrán, de la Secretaría de Cultura, conserva una ficha de la edición de ¡Qué Viva México! que describe expresamente su epílogo como una representación de las celebraciones del Día de Muertos.

Ahora bien, conviene no exagerar lo que demuestra esta película. No constituye una prueba de que en 1931 existiera en la capital un desfile monumental idéntico al de 2016. Su valor es otro: permite comprobar que las manifestaciones públicas y visuales de la relación mexicana con la muerte ya eran objeto de registro cinematográfico mucho antes de la película Spectre.

La diferencia es importante. No necesitamos inventar una continuidad entre un desfile moderno y una ceremonia prehispánica para demostrar que la muerte ya formaba parte de la cultura visual y festiva mexicana. Basta con reconocer los testimonios que efectivamente existen. Y Eisenstein nos dejó uno de los más interesantes.

Literatura y crónicas: cuando la muerte recorría las páginas mucho antes de Hollywood

La relación de México con la muerte también puede reconstruirse a través de los libros, las crónicas, los relatos de viajeros y los testimonios de quienes describieron las costumbres populares de otras épocas.

Existen antecedentes que resultan todavía más útiles para nuestra discusión: las crónicas del siglo XIX sobre las visitas a los cementerios durante las celebraciones de Todos Santos y Fieles Difuntos.

La historiadora María Concepción Vázquez Mantecón publicó en Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México una investigación titulada 1 y 2 de noviembre en la ciudad de México, 1750-1900. En ella reconstruye cómo evolucionaron las celebraciones y las visitas a los cementerios de la capital. Su investigación permite descubrir algo que contradice la idea de que las concentraciones públicas relacionadas con los muertos son una novedad reciente.

Durante el siglo XIX, visitar los panteones se había convertido en una auténtica costumbre social. Las familias acudían para arreglar las tumbas, llevar flores, colocar velas, compartir alimentos y pasar varias horas junto a sus difuntos. Pero no solamente iban los familiares, también acudían curiosos, visitantes y personas que encontraban en aquellos recorridos una oportunidad para pasear, encontrarse con conocidos y observar la vida social de la ciudad.

La autora documenta la popularidad de cementerios como Santa Paula, San Fernando, San Pablo y La Piedad. Algunos recibían tantos visitantes durante el Día de Finados que las autoridades llegaron a restringir el acceso. Las descripciones de la época son particularmente reveladoras: había familias que llevaban comida, bebidas y provisiones para permanecer durante buena parte del día en los cementerios. En algunos lugares, las celebraciones adquirían un carácter tan festivo que los cronistas las comparaban con una verbena.

El investigador del INAH Juan Pablo García Urióstegui también ha estudiado este proceso en su trabajo De la muerte Ilustrada a la fiesta liberal. El transcurrir del paseo de todos los santos en el centro México, publicado en la revista Vita Brevis.

Estos documentos nos ayudan a comprender que el Día de Muertos no siempre estuvo asociado exclusivamente con el silencio, la solemnidad y la intimidad familiar. En diferentes momentos históricos también fue una ocasión para salir, caminar, convivir y ocupar colectivamente los espacios públicos.

¿Y qué hay de los recorridos hacia los cementerios?

Precisamente ahí encontramos uno de los antecedentes más interesantes para entender la relación entre la celebración y el movimiento colectivo. Las personas se trasladaban desde distintos puntos de la ciudad hacia los panteones, formando auténticos flujos de visitantes. No eran desfiles organizados con carrozas y coreografías, pero sí eran concentraciones multitudinarias que transformaban la dinámica cotidiana de las calles.

La diferencia entre un paseo colectivo, una procesión religiosa y un desfile contemporáneo es importante desde el punto de vista histórico. Sin embargo, todos nos permiten reconocer que la celebración de los muertos ha tenido una dimensión pública que no nació en un estudio cinematográfico.

La Mega Procesión de las Catrinas (2014): un antecedente capitalino anterior a James Bond

Aquí llegamos a uno de los episodios más importantes para desmontar la versión simplificada de que James Bond inventó los desfiles de Día de Muertos en México.

Antes de que la producción de Spectre llegara a las calles del Centro Histórico, la Ciudad de México ya tenía una manifestación colectiva dedicada a las catrinas y a la estética popular de la muerte: la Mega Procesión de las Catrinas.

Su primera edición se realizó el 26 de octubre de 2014, cuando un grupo de organizadores y maquillistas convocó a la ciudadanía para participar en un recorrido caracterizado por la presencia de catrinas, catrines y personajes relacionados con la iconografía mexicana de la muerte. De acuerdo con el sitio oficial del evento, la iniciativa surgió ante la preocupación de sus organizadores por el creciente espacio que ocupaba Halloween en las celebraciones de octubre. La intención era promover una actividad que recuperara y difundiera la estética mexicana del Día de Muertos.

La creadora y productora del proyecto fue Jessy Esquivias, quien impulsó la primera convocatoria con un grupo de colaboradores. Algunas crónicas periodísticas posteriores, como la publicada por Grupo Animal en 2023, recuperaron su testimonio y narraron las dificultades que enfrentaron para organizar aquel primer encuentro. La expectativa inicial era reunir a unos cuantos cientos de participantes. Sin embargo, la convocatoria superó las previsiones y se calcula que acudieron alrededor de 1,600 personas.

El recorrido se desarrolló sobre Paseo de la Reforma y llegó hasta el Palacio de Bellas Artes. La asistencia obligó incluso a realizar ajustes en la circulación de la avenida. Es importante detenernos en la fecha: octubre de 2014.

Spectre se filmó en la Ciudad de México durante 2015 y su estreno internacional ocurrió ese mismo año. Por lo tanto, la Mega Procesión de las Catrinas ya había reunido a cientos de participantes antes de que la producción de James Bond recreara su propio desfile cinematográfico. Esto no significa que la Mega Procesión haya inventado todas las manifestaciones públicas de catrinas ni que fuera el primer recorrido de su tipo en la historia mexicana. Su importancia radica en que constituye un antecedente directo y documentado de una gran procesión contemporánea en la capital. Tampoco debemos confundirla con el desfile institucional de 2016. Son acontecimientos distintos, con organizadores, objetivos y dimensiones diferentes.

La Mega Procesión nació como una iniciativa ciudadana y cultural. El desfile de 2016, en cambio, fue una producción de gran escala impulsada por las autoridades capitalinas, aprovechando el interés que había generado la película.

Fuentes para profundizar:

  • INAH, El origen del Día de Muertos, investigación sobre las celebraciones prehispánicas y su transformación histórica.
  • Fray Diego Durán, Historia de las Indias de Nueva España e islas de Tierra Firme.
  • Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de Nueva España.
  • Gerardo Batista Velázquez, INAH, Breve recuento de la conmemoración del Día de Muertos en México (2024).
  • INAH, Día de Muertos en México, apartado dedicado al Xantolo.
  • INAH, materiales de divulgación sobre las celebraciones de Día de Muertos en la Huasteca.
  • Investigaciones antropológicas sobre las comunidades nahuas y teenek y sus prácticas rituales.
  • Lilly Library, Indiana University Bloomington, Que Viva Mexico: Photographs and Materials Related to the Film, 1930-1931.
  • Centro de Información y Documentación Alberto Beltrán, Secretaría de Cultura, ficha documental de Que Viva México.
  • Investigaciones académicas sobre la producción y el montaje de ¡Qué Viva México!, disponibles en revistas especializadas de historia del cine.
Ángel Abraham Chávez Barrera

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